Ha nacido un nuevo género literario: «las novelas y poemas de carácter ecológico.» Como todo género que nace, ha tenido sus antecesores, algunos de ellos ilustres antecesores:

Leopoldo Alas Clarín es el autor de un relato magnífico: «¡Adiós, Cordera!» donde se realiza una defensa de la vida animal (en este caso, la de una vaca destinada al matadero), que es comparada a la vida del hombre, ya que se rechaza de plano que estos tengan alma y aquellos no.

Armando Palacio Valdés escribió una novela: «La aldea perdida» donde cuenta cómo la apertura de una mina causa la destrucción de un pueblo asturiano y todo el paisaje que lo rodeaba. Esta temática (la aniquilación del paisaje por las máquinas) es hoy de una actualidad apabullante.

Este mismo autor, don Armando, compuso la novela «La Espuma» donde se nos narra cómo un emprendedor sin escrúpulos y lleno de vicios arremete contra todo y contra todos, con tal de salir él ganando. También este tema es de una actualidad apabullante.

 

Yo me considero un autor ecologista, de aquellos que siempre introducen en sus páginas un elemento de reflexión para con nuestras relaciones con el entorno y de qué manera hemos convertido el mundo en una pocilga. Quizá en un futuro los manuales hablen de la literatura de carácter ecológico del mismo modo que hoy se estudia en los colegios e institutos la generación del 98, la literatura de posguerra o el Renacimiento italiano y español.

Voy a concluir este artículo con la página 41 [porque son los años que tengo] del libro más ecologista que he escrito hasta la fecha, Tribulaciones de un español en París:

 

«capital. Un ruido de motores al ralentí, de pitos irritados y de trémulas sirenas me hizo pensar que no muy lejos de allí debía de progresar, lento y agobiado por su propia torpeza, un atasco monstruoso. Di las gracias al cielo por no formar parte de los coléricos conductores y me puse a andar en la dirección que me pareció más opuesta al estruendo. Por cualquiera de los sitios por donde uno empiece a caminar, París ofrece siempre un espectáculo soberbio, grandioso, si bien algo rectilíneo y uniforme, sus fachadas de una triste y serena palidez, en las que sobresalen las pizarras de los tejados y de las buhardillas, los discretos balcones negros, la lúgubre frialdad de las ventanas con marco de madera y alineadas en largas filas como piezas de dominó, me daban la impresión de asistir al gran decorado de la Historia europea reciente: nada, salvo el tumulto de los coches, parecía haber cambiado en la fisonomía de la ciudad desde los tiempos de Guy de Maupassant.

 

15. EL VENTUROSO SUCESO DEL CANAL DE SAN MARTÍN

 

Siguiendo mi camino, que no sabía adónde iba a parar, aterricé en el muelle del Canal de San Martín, cuyas aguas se movían azotadas por las hélices de los barcos de recreo o los cargados de mercancías. Flotaban en las turbias aguas numerosos patos comunes, así como algunos cisnes y una colonia de gaviotas blancas y grises. Las paredes del canal»