De acuerdo con las instrucciones dadas por el propio Rosendo, la acción de cortar el pino debía realizarse en horas tardías, horas en que el búho y la lechuza se dedican a capturar ratones y otros roedores de vida nocturna.

Julián Moro andaba escaso de dinero (como siempre). Tentado por la recompensa, que era bastante jugosa, dejó pasar una jornada para recuperarse de la borrachera que traía encima cuando el correveidile de Zurriales, Tomás Valiente, le había anunciado de forma discreta aquella comisión tan especial.

Con voz ronca y mirada vidriosa hizo saber a sus secuaces, cuatro forajidos de poco seso pero de mucho embrutecimiento, que al día siguiente por la noche los iba a sacar del camastro y que estuvieran preparados, porque había excursión de por medio. Julián Moro no había cortado un árbol en su vida. Tenía la vaga sospecha de que la tarea habría de ejecutarse con la ayuda de un hacha, porque dando empujones al tronco del árbol no era posible echarlo por tierra. Se sonrió malévolamente. Ya sabía él de dónde sacar un hacha tan afilada que sería capaz de cortar cabezas. La tarde en que se recuperó por fin de la resaca, se fue a la tienda de Enrico y le soltó a bocajarro: «De parte de «Erre Pe» (así era como llamaba al jefe de la provincia), que me des ahora mismo un hacha, o si no atente a las consecuencias.» Y Enrico, que conocía muy bien cuáles podían ser esas consecuencias, le suministró al instante un hacha de las que cortan una hebra de acero por la mitad. Salió el forajido de la tienda con el arma en la mano, sin envolver, muy ufano: no hay nada como infundir el verdadero terror para ir por la vida «de gratis».

Luego se reunió con los suyos y les dijo: «Estaos atentos; esta misma noche tendréis que acompañarme a un sitio cuyo nombre no voy a revelaros hasta el final.»

Y se fueron a dormir los cinco la siesta bajo la sombra (ironías del destino) de un pino que por allí había. Al cabo de algunas horas, cuando ya los vecinos del lugar dormían a pierna suelta, y los gallos habían metido la cabeza bajo el ala, y los perros habían apagado sus continuos ladridos, se espabiló aquella cuadrilla de desalmados y sin hacer ruido ni molestar a los mismos cielos nocturnos, se encaminaron hacia la localidad de Zarzamora, a unos cinco kilómetros de distancia.

A eso de las tantas de la madrugada entraron por la calle de abajo. Habían atisbado una caravana a las afueras de la aldea; pero como estaban absortos en su misión, optaron por no incordiar al presunto inquilino (tal vez lo hicieran a la vuelta; pero tampoco, de lo que se trataba era de pasar inadvertidos para que nadie pudiese acusarlos después).

Y llegaron a la plaza. Y divisaron el oscuro árbol junto a la oscura fachada de la oscura iglesia. Todo permanecía silencioso. Incluso los espíritus errantes se habían retirado a descansar. Oían el grito de una lechuza seguramente instalada en el campanario.

Jerónimo –ordenó el cabecilla–, tú te acomodas en la esquina de allí y si ves que alguno se acerca, le arreas un estacazo. Nadie ha de ser testigo de esta maniobra. Los otros os quedáis conmigo. Nos iremos turnando en eso de dar hachazos al tronco. Tenemos delante de nosotros un árbol grueso; seguro que dará bastante faena antes de venirse abajo.

Y así fue como iniciaron la labor... Julián Moro creía haber oído decir que «es preciso dar los golpes con el hacha desde el lado opuesto al que uno desea que caiga el árbol»; y como este tenía que caer en el centro de la plaza, se puso a aplicar la herramienta con el cuerpo orientado hacia la fuente, que se hallaba en el centro mismo de la explanada.

Un golpe. Dos golpes. ¡Maldito árbol! Y eso que el hacha era nueva, con el filo a flor de eficacia. A los diez tajos ya estaba sudando como un carbonero. Le dijo a uno de sus compinches:

¡Eh, Ambrosio, dale tú ahora por el mismo sitio donde yo le estoy atizando! Diez golpes y que te reemplace Isidro. ¡Confiemos en que no nos darán las uvas antes de que el arbolito ceda por fin!

Y Ambrosio tomó el relevo. Y luego fue Isidro quien se puso manos a la obra. Y luego fue Caracortada (un ex presidiario de muy malas pulgas). Y luego el turno volvió a Julián Moro, quien se aplicó con mucha conciencia a cortar aquel estupendo árbol. Pobre pino. Parasol dicen que es. Parasol dicen que será...

Oyeron crujir el pesado tronco, que se había estado inclinando –creían ellos; pero con la oscuridad reinante la verdad era que no se apreciaba demasiado bien– hacia el centro de la plaza. Y fue el caso que sintieron venir el peligro; Isidro, que era quien la estaba manejando entonces, soltó la herramienta y se puso a correr despavorido, y lo mismo hicieron los otros, e incluso el que estaba de vigilante en la esquina empezó a correr como un pelele, no sabía muy bien hacia dónde.

Apenas habían salido de la plaza cuando oyeron el estrépito. El cura Rufino también tuvo tiempo de oírlo, por cierto. Su camastro estaba puesto en un cuartucho pegado a la iglesia, donde tenía su casa. Apenas tuvo tiempo de abrir los ojos cuando ya el techo y la casa entera se le habían venido encima. El pino parasol acababa de desplomarse contra la iglesia Nuestra Señora del Carmen, que se convirtió en el acto en un amasijo de escombros. Y sepultó con ella al señor cura. Y también sepultó con ella al ama de llaves, Teresa Garduño. Pero a diferencia del párroco, esta no tuvo tiempo siquiera de abrir los ojos cuando ya los cerraba para siempre. Fueron las dos únicas víctimas que se contaron en aquel extraño accidente.

A la mañana siguiente los vecinos de Zarzamora pudieron comprobar que se habían quedado, en efecto, sin pino parasol, a la vez que sin iglesia Nuestra Señora del Carmen, y sin cura Rufino Cazapulgas, y sin ama de llaves, Teresa Garduño.

Un equipo de reporteros acudió a la zona del desastre. El concejal de la localidad, don Álvaro Casapuesta, los acogió en su despacho del municipio y accedió gustoso a que le hicieran una entrevista.

 

Apéndice: Lo que dijo el periódico al respecto.

 

«¡Insólito! Un pino parasol que había en la plaza de Zarzamora ha sido derribado esta misma noche por un delincuente (se ignora quién ha podido ser; aunque ya se especula sobre la posible autoría), con tan mala fortuna que el árbol ha caído sobre la fachada de la iglesia, tirándola abajo, así como la casa parroquial, que estaba unida al sagrado edificio. Se han descubierto entre los escombros al cura del pueblo, el bravo Rufino Cazapulgas, y a su ama de llaves, la señá Teresa Garduño.

Estas han sido las primeras declaraciones que hemos recogido del concejal don Álvaro Casapuesta:

«¡Esto es inadmisible!, –exclamaba furioso–. Que una iglesia desaparezca por culpa de la acción de un individuo sin escrúpulos, quien habrá querido vengarse de la negativa que le di de retirar la declaración de «persona no grata», es un asunto que no podemos dejar pasar, máxime si en este lamentable episodio han perdido la vida dos personas honorables de nuestro pueblo.

Acabo de encargar una estatua a un taller de la capital para inmortalizar la figura de nuestro cura Rufino. Y enviaremos en fechas cercanas una petición al papado para su beatificación en tanto que mártir de nuestra santa Iglesia. Pero ya adelanto que esto no va a quedar así: al malhechor Jacinto Laguna le va a caer encima todo el peso de la ley y, si no logramos que lo sentencien a muerte, haremos lo imposible porque le caiga cadena perpetua con trabajos forzados.»

 

A los pocos días era arrestado en su caravana rosa (que él se figuraba azul) el díscolo vecino de Zarzamora. Le pidió al carcelero Pedro Maldonado como último favor que llevara la gatita Felipa a casa del correveidile Álvaro Molina, el cual accedió a ocuparse de ella y aún tengo noticias de que vivió muchos años, muy feliz y dichosa de poder saltar las tapias de aquel pueblo o aldea.

 

FIN