Esta frase de la Revolución Francesa (1789) se ha convertido en la tarjeta de visita de los países democráticos. En una democracia van juntas de la mano, nos dicen, la libertad, la igualdad y la fraternidad. Yo a este cuento le aplico el siguiente proverbio: «dime de qué presumes y te diré de qué careces.» Los pueblos que viven en democracia son, a mi juicio, los menos libres, los menos igualitarios, los menos solidarios entre sí. En ellos prevalece la ley del más fuerte, la ley del que más puede a base de talones y cuentas bancarias. El resto de la población solo sirve de comparsa: es una pieza más en el juego de estrategias de los adinerados.
«¿Libertad?» Por supuesto que sí; somos del todo libres porque a partir de los 18 años podemos acudir a las urnas y elegir nuestros destinos, perdón, el destino de los políticos que aprovecharán la coyuntura para inflar sus ahorros con el dinero de éste, de aquél y de todo el mundo.
La libertad¹ no es un mero acto social o político, es un estado de ánimo, una sensación en que uno se cree dueño de sus actos y con la facultad de decidir el rumbo que va a tomar su vida. Pregúntales a quienes están hipotecados hasta las cejas si son libres, si su camino hacia el porvenir aparece liso y despejado. Pregúntales a quienes apechugan con cualquier trabajo, porque de alguna manera tienen que mantener a sus familias, si se sienten libres. Pregúntales a los numerosos sin techo si el dinero les sirve para comprar la libertad o la felicidad.
Me da la impresión de que cuando las instituciones hablan de libertad se refieren solo a la libertad económica: cada cual es absolutamente libre si dispone de bastante dinero para ello; puede comprar una parcela y destruirla; levantar un polígono y aniquilar el paisaje; construir en la costa edificios blancos y negros como fichas de dominó; encargar al matón de turno la aniquilación de tantos ejemplares cuyo comercio es ilícito en el mercado. Lo lícito o ilícito parece hoy tan relativo que la diferencia dependerá de quién cometa la falta.
La libertad de pensamiento se reduce a su mínima expresión: todos estarán conformes en pensar lo mismo, en consumir lo mismo, en destruir lo mismo. Y la libertad de alejarse de la senda que otros han marcado también queda vedada: sólo nos permiten seguir un camino, el del capitalismo feroz, el del consumismo tonto y ciego, el del crecimiento a base de hundir más aún en la miseria a los países subdesarrollados y agotar de paso los recursos naturales.
Asistimos a una comedia universal y su moraleja se resume con estas palabras: «pan para hoy, hambre para mañana.» Pero lo que suceda mañana les importa muy poco a los tiranos del mundo.
«¿Igualdad?» El emir de Arabia Saudí acudió hace poco al aeropuerto de Barajas; allí le esperaba una comitiva de lujo, un recibimiento oficial. El presidente del gobierno le estrechó calurosamente la mano. El monarca español intercambió con él unas sonrisas y unas palabras. Las esposas de ambos mandatarios compitieron entre sí en humildad y cortesía.
Toda esta farándula ocurría en el hall principal, donde pululaban los cámaras y las fuerzas de seguridad, y un público entusiasmado con la ostentación del lujo y la hipocresía. En la parte de atrás, junto a la salida de emergencia, ocurría al mismo tiempo otra escena distinta: los aduaneros registraban a fondo a un inmigrante procedente de los países árabes. Tan a fondo lo registraban que lo enviaban de vuelta a su país, no sin haber pasado una noche o dos en el calabozo. ¿Es esto igualdad de todos los hombres ante la ley? Sí, claro, el petróleo nos hace al parecer tan iguales que basta con disponer un poco de él para que el mundo entero nos abra las puertas con gran aparato y fanfarria.
«¿Fraternidad?» Por supuesto que sí, cuando los bancos pasaron sus apuros el pueblo unido se rascó, quieras que no, el bolsillo y salvó a la economía internacional de la debacle. Más o menos se trata de la misma fraternidad con que auxiliamos a los países pobres, evitamos la desaparición de las ballenas y los bosques, nos solidarizamos con el bienestar común de los vecinos de nuestro pueblo o ciudad. Somos tan cabalmente justos y tan poco egoístas que por un acto reflejo de empatía nos privamos de un bocado de pan con tal de ofrecérselo a aquel que no tiene siquiera de qué comer.
Desde los tiempos de la Revolución Francesa hemos hecho en este campo un gran avance: hoy casi nadie saca partido del sufrimiento ajeno; antes de mirar por nuestra persona miramos por los otros; nos sentimos solidarios con el mundo y miramos al mundo como si fuera una casa compartida, un lugar que hemos de respetar y amar porque será el legado para las generaciones futuras.
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¹¿Qué hacemos con la tierra? ¿La libertad nos legitima para que acabemos destruyendo la vida que hay en el planeta? ¡Dichosa libertad, que da el visto bueno a la destrucción de los recursos naturales y los gobiernos no solo lo permiten, sino que lo fomentan!


abril-ale
14 may 2011 | 08:28 PM
Tus palabras son un dardo al mero centro de las bestias. Te felicito por el coraje y la valentía de expresar desde tu libertad, la que todos deseáramos tener, las verdades a esos monstruos que están aniquilando toda forma de vida.
Abrazos fortísimos y excelente fin de semana.
gabriela
15 may 2011 | 03:03 AM
Amigo Jo, con este post le has dado en los cachos al gobierno chileno...Vieras tú que somos libres para expresar nuestro repudio al proyecto Hidroaysén...vieras tú cómo el gobierno mandó a la policía a apalear a la gente que estaba con carteles reclamando...El gobierno le regaló el agua de los chilenos a ENDESA , y los ministros dijeron públicamente que ese proyecto debía aprobarse...no importa el impacto ambiental ni nada de eso...la plata vale y punto.
Estoy indignadísima, y tu post dice exactamente lo que pienso.
Jo
15 may 2011 | 07:01 AM
No creo que hayamos avanzado gran cosa en el camino hacia la libertad desde los tiempos del Imperio Romano. Se ha prohibido oficialmente la esclavitud, pero ¿cuántos trabajadores la sufren en sus carnes dentro y fuera de los países democráticos? Son millones y millones de personas las que viven hoy en un régimen de esclavitud o de semi esclavitud. Los derechos universales del hombre y del ciudadano se han convertido en papel mojado. Nunca hasta hoy las diferencias habían sido tan grandes entre ricos y pobres, nunca hasta hoy la injusticia había reinado tan a sus anchas en todas las partes del globo. La situación es aterradora, y sin embargo no se hace nada por cambiar de rumbo. Un abrazo, Abril.
Jo
15 may 2011 | 07:06 AM
Lo que cuentas, Gabriela, es indignante. Aborrezco de gobiernos así, que venden el agua de su pueblo, el agua que es de todos, a una empresa sedienta de ganancia y sin escrúpulos. Son estos, los empresarios depredadores, los amos del mundo, hacen y deshacen a su antojo, y como su antojo es destruir para ganar más plata están haciendo del mundo un lodazal. ¡Basta ya! El planeta es de todos, no queremos que acaben con él unos locos que solo piensan en ganar dinero y en conservar el poder a cualquier precio.