A lo largo de la historia siempre se ha hablado de un señor que actúa en la sombra, de un señor que maneja los hilos del poder y el tráfico de influencias a partir de su condición invisible, la cual le garantiza una impunidad casi absoluta. Porque los negocios podían salir a fin de cuentas mal, podían rodar cabezas de ministros y altos cargos de la política; pero él seguiría estando ahí, ajeno a las turbulencias sociales, imperturbable al devenir de los hombres, que podía terminar siendo catastrófico.

Yo no sé si este ser legendario ha existido alguna vez, si continúa tejiendo un entramado de influencias con el único objetivo de hacer perdurar las injusticias y desigualdades sociales.

Yo no sé si se trata más bien de una oligarquía de poderosos que disponen de las cosas de este mundo según les conviene a ellos solos.

Yo no sé si en un cuaderno de notas apuntan cómo han de cargarse el mundo, los progresos que van haciendo en este sentido, los enemigos y opositores que van consiguiendo liquidar poco a poco.

Y como no lo sé, no me queda más remedio que acudir a la conjetura y –si me lo permiten– a la imaginación.

Y de este modo imagino que tal vez ese «señor oscuro» no lo sea, sino un ente salido del fondo de los abismos.

Y este monstruo abisal despliega sobre la superficie terrestre la forma de un pulpo enorme, un pulpo capaz de cambiar de color (aunque generalmente opta por los tonos sombríos) y de forma (ha sabido adaptarse a todos los climas: hoy es posible encontrar cualquiera de sus numerosos tentáculos lo mismo en la Patagonia argentina que en la cresta del monte Everest).

Estos tentáculos se arrastran por el suelo, se apoderan de los territorios y con sus viscosas ventosas atrapan animales, plantas y seres humanos: todo lo devoran, todo lo engullen. No se detienen nunca porque el apetito del monstruo es tan voraz que el planeta entero no basta a saciar su gigantesco estómago.

Las carreteras, con su diabólico alquitrán, constituyen los tentáculos de ese mal llamado «señor oscuro».

Y el humo de las máquinas y chimeneas sería la tinta con que la bestia intoxica la atmósfera.

Y sus víctimas somos nosotros, los hombres y mujeres que poblamos este condenado planeta. No tenemos escapatoria porque ya el «señor oscuro» ha llegado a todas partes.