-Defina usted al ser humano -pidió el profesor.

El alumno vaciló; se inclinó sobre el cuaderno y escribió lo siguiente:

-El ser humano es mentiroso y tramposo. Todo lo que dice es mentira; todo lo que hace esconde una trampa; a una trampa replica con otra trampa, y así sucesivamente. No se cansa de engañar al prójimo.

El profesor recogió con semblante grave el cuaderno y leyó la respuesta del alumno. Un movimiento afirmativo de cabeza expresaba su conformidad. Al instante formuló otra pregunta:

-¿Cuál es la mejor manera de conocer al ser humano?

El alumno volvió a inclinarse sobre el cuaderno y escribió lo siguiente:

-Para conocer el verdadero perfil humano basta con leer sus publicaciones. Como el ser humano miente siempre la verdad será lo contrario de lo que afirmen los periódicos, los manuales de historia o los discursos de los políticos y demás hombres ilustres.

Al leer esto, el profesor cayó en la tentación de poner a su pupilo en un compromiso. Dijo:

-Si el hombre miente siempre y lo que hay escrito refleja todo, excepto la verdad, ¿opina entonces que lo que acaba de poner en este cuaderno es también falso?

El alumno no palideció por ello. Tomó el bolígrafo y dio cabal respuesta al dilema:

-Esa es la paradoja del lenguaje: si todo es mentira también es mentira decir que todo es mentira. Y si todo es verdad también será verdad decir que todo es mentira. Conclusión: no hay que fiarse del lenguaje, refleja muy bien el modo de ser contradictorio de la especie humana.

El profesor sonrió. Aún le quedaba una última pregunta por formular:

-¿Qué opinión le merece el eslogan publicitario «imposible no es humano»?

El alumno escribió esto:

-Es una invitación al consumo desenfrenado.  Las personas que trabajan en el marketing no ven ideas trascendentes en sus mensajes televisivos; solo se mueven en el terreno de lo humano, demasiado humano. «Compra mientras puedas y no te plantees el porqué ni las consecuencias de tus actos.» Lo cual equivale a dar alas a la irresponsabilidad absoluta; porque, en efecto, si no ponemos límites a nuestra conducta nos cargamos el mundo en que vivimos, así de simple.

El profesor se fue a su pupitre con el cuaderno bajo el brazo. Al cabo de unos minutos devolvió la actividad corregida al único alumno que había en la sala. Le había puesto un cinco rascado.