Me toca ahora referir la penosa degradación de la salud de doña Emilia, cómo la enfermedad del Alzheimer iba minando sus fuerzas, convirtiéndola en un espectro de la que fue, robándole su esencia de mujer al tiempo que la memoria. Su compañero de viaje en este último tramo de su vida acabó resignándose a la suerte de ambos; no tardó en constatar que había contraído matrimonio para quedarse otra vez solo al cabo de un período de incertidumbres. Don Simón no podía luchar contra el hado fatal porque del mismo modo que los seres nacen y prosperan en su entorno, luego aparece el declive y la estrella termina apagándose; esto es inevitable.

En medio del infortunio, llegó un momento en que la situación se hizo tan frágil que el propio ex podólogo sintió quebrarse su hasta entonces envidiable estado de salud. En efecto, también él cayó enfermo de la noche a la mañana y su dolencia, que no le iba a dejar un momento de respiro, cabe calificarla incluso de peor que la que venía padeciendo su esposa.

Doña Carmen, la enfermera, empezó a murmurar entre dientes. Muy pronto advirtió que no daba abasto; ella sola no podía atender a dos enfermos cuyo estado no hacía sino empeorar de día en día. Así que tomó la determinación de presentarse en la agencia de contratación y plantear su caso. Dijo a la secretaria que había en la oficina: «A mí me pagan cada mes para que me ocupe de una persona enferma; no de dos. Y en esa casa cuando no se lamenta el señor porque le duele la barriga, está doña Emilia haciendo de las suyas. En estos momentos no se acuerda ni de su nombre. Todo el santo día tengo que andar detrás de ella, recordarle por dónde se va al salón o a la cocina, ponerle el babero y darle de comer una sopa de verduras, porque ella no puede sujetar la cuchara sin que le tiemble el pulso. Señora, en serio se lo digo: me estoy desquiciando. El señor Simón, ahora que está pachucho y los ojos se le caen de pura fatiga, nos ha salido protestón. Si le preparo un caldo de alas de pollo con su pastilla de avicrem me dice que no le gusta el pollo y que se lo dé a los gatos de la vecindad. Y si le hago un buen puré con su pizca de sal o de pimienta y medio litro de leche, va y me dice que es alérgico a la levadura y que eso no lo puede tomar. Pero, le suelto yo bastante amoscada, si este puré no lleva ni levadura ni nada que se le parezca. «¡La huelo!», exclama el tontorrón, «deles también este puré a los gatos; ellos no tienen un estómago tan delicado como el mío». ¡Ay, señor, yo no soy enfermera a prueba de bombas! Con ocuparme de un solo paciente me basta y me sobra. Así que, o ponen arreglo a esta situación o dimito de mi cargo en ese piso de la Calatrava. He hecho cuentas y he visto que si me apunto en las oficinas del paro me van a dar año y medio de subvención, lo cual sería preferible a seguir como estoy: todo el santo día con la lengua fuera.»