Como doña Carmen insistiera con lo de la «insostenibilidad de la situación en el piso de la Calatrava», se presentó una mañana temprano un encargado de los servicios de salud e higiene. Venía acompañado de su secretario y llevaba en una mano la ficha que esperaba rellenar tras la visita cuyo objetivo era enviar a la delegación el correspondiente informe sanitario.
La enfermera era consciente de que los inspectores mirarían con lupa no solo el estado de ambos pacientes sino la manera como ella se había desenvuelto al desempeñar su oficio.
Por suerte le habían llegado rumores de que la visita sería inminente; así que el día anterior lo había consagrado a efectuar una limpieza en profundidad del piso. Igualmente, había revisado el maletín de primeros auxilios, no fuera que hubiese caducado alguno de los medicamentos.
Había puesto, en suma, todo su empeño para que nadie pudiera reprocharle cualquier falta o descuido.
Tim... Tim... El timbre sonaba insistente. Doña Carmen acudió a abrir. Tenía el corazón encogido a causa de los nervios.
–Buenos días –saludó el funcionario. Era un señor pequeño con bigote de cepillo. Llevaba traje de americana negra y pantalón de tergal color canela. Traía consigo un maletín de cuero negro. Su compañero ofrecía idéntico aspecto, además de usar gafas de concha. Era mucho más alto que su jefe. Entre los dos sumarían aproximadamente ochenta años.
–Buenos días –contestó la enfermera.
Pasaron a través del pasillo a la salita, que estaba entonces desierta, pues doña Emilia ya no se levantaba a las seis y cinco, sino que tenía que esperar a que la enfermera la sacara de la cama, cosa que solía ocurrir a eso de las nueve en punto.
Los inspectores abrieron muy bien los ojos. Se pusieron a registrar la pieza como si allí acabara de suceder algún crimen.
La enfermera los observaba con inquietud. El secretario comprobaba que no había polvo en los rincones, ni en los muebles, ni en la planta que servía de adorno junto a la puerta del balcón.
El delegado ponía en marcha un aparato que medía la temperatura, la humedad y el índice de contaminación de aquella atmósfera algo rancia. De vez en cuando los operarios apuntaban datos escuetos o tachaban algunas casillas del informe.
Esta serie de operaciones las realizaban provistos de guantes de goma, que había sido lo primero que habían extraído de sus respectivos maletines.
Al fin decidió despertar a los pacientes.
–Usted haga su trabajo como si nosotros no estuviéramos –dijo el señor del bigote.
Carmen se fue a la habitación del matrimonio; descorrió las cortinas; dio los buenos días a Emilia y Simón, quienes despertaron o fingieron despertar.
Con el fin de guardar el decoro, permanecía en el umbral la pareja de inspectores.
–¡Arriba! –dijo Carmen–. El desayuno va a estar listo dentro de cinco minutos y ustedes siguen ahí, como si nada.
La enfermera no solía emplear en su trato con el matrimonio el «usted»; pero debido a la situación un poco estresante creyó conveniente marcar las distancias, como si ello contribuyera a realzar su «profesionalidad».
La escena que vino a continuación fue bastante patética –según declararon en su informe los agentes del ministerio de sanidad.


gabriela
4 jun 2011 | 11:40 PM
Esto me ha parecido espantoso!!
¿Qué es lo importante? ¿Las personas o el polvo de los muebles?
Jo
5 jun 2011 | 05:46 AM
Tienes razón, pero solo acaban de empezar. Veremos qué pasa después.
abril-ale
6 jun 2011 | 06:31 PM
No me adelantaré a dar mi opinión hasta no leer que pasó realmente. Pero, por las últimas líneas parece que no sucedió nada bueno para doña Carmen, o quizás me equivoque. Veremos...
Abrazos fortísimos. :)
lasrecetasdeteresa
8 jun 2011 | 04:08 PM
Bueno estoy deseando que pasa, no seas muy duro. Besitos