En vista de que la abeja estaba desapareciendo y de que nadie ponía freno a esta hecatombe, un ingeniero de electrónica se dejó llevar por las corrientes fatalistas, las cuales auguraban un futuro lúgubre para la humanidad, y empezó a trabajar en su taller sobre el diseño y fabricación de una abeja electrónica, el primer insecto mecánico que realizara la importante labor de polinización de los campos. Dudó si confesar semejante proyecto a su mejor amigo, Enrique Cuesta Bermejo. Pero temió que este difundiera la idea, algún espabilado se la robara acto seguido y perdiera con ello la gloria y el dinero con que ya contaba para vivir holgadamente el resto de sus días. Vivía con su anciana madre, viuda desde hacía cinco años, en una casa de campo a diez kilómetros de la ciudad. Allí no le faltaba de nada; encontraba sobre todo sosiego y un ambiente propicio a la creatividad y el trabajo, justo lo que necesitaba para llevar a cabo la misión salvadora que de repente se había echado a los hombros.

Un par de veces llamó su amigo por teléfono; pero supo guardar el secreto pese a que la lengua le abrasaba y los pulmones le apretaban fuertemente como si anhelasen soltar la carga de ilusiones y quimeras que contenían.

El taller estaba situado en la fachada oeste del caserón; daba al huerto y poseía una vidriera salpicada de barro, por donde penetraban los rayos del ocaso. A lo lejos la llanura adquiría tonos morados y anaranjados; parecía que el sol se dejara arrastrar por el polvo en su lento declive hacia la nada.

Para convertir en realidad el proyecto de la «abeja electrónica», el ingeniero José Luis Manzanares había comprado con el dinero de la herencia paterna una maquinaria bastante sofisticada. Él mismo había efectuado, además, modificaciones a este material carísimo y construido un aparato capaz de fabricar membranas que servirían de alas a los insectos. Estas membranas las confeccionaba con seda de araña.

En la cabeza de la abeja había introducido un chip gracias al cual seguiría a través de la pantalla del ordenador el recorrido de esta creación memorable.

Y funcionó. Lo cierto es que funcionó a la perfección: el primer prototipo ejecutó increíbles proezas en la atmósfera de aquel taller perdido en el campo, antes de estrellarse contra una ventana, de cuyo choque salió muy mal parado.

Pero el ingeniero José Luis Manzanares no se desanimó por ello. Después de un minucioso análisis de los datos obtenidos con ese primer vuelo, realizó los oportunos cambios en el sistema motriz de la abeja y se dispuso a fabricar un segundo prototipo.

Fue necesario alcanzar la cifra de quince prototipos antes de reunir las suficientes garantías como para permitir que volase en libertad, fuera del espacio cuadrado del taller. Calculaba que este insecto artificial podría desempeñar su función durante dos años, y como no debía depositar el néctar en las celdillas de ninguna colmena esta función consistiría únicamente en viajar de flor en flor, polinizándolas todas.

Voy a contaros cómo fue ese viaje de la primera abeja electrónica, según los datos recopilados en el disco duro de José Luis Manzanares, al cual tuve acceso poco después del lanzamiento en el mercado de este ingenioso artefacto en pro de la naturaleza.

 

Una abeja ve el mundo redondo, mucho más de lo que lo vemos nosotros. Los colores aparecen confusos, entremezclados en una selva de blancos y negros donde los matices y brillos desaparecen por completo. En cambio, los perfumes adquieren una potencia y presencia tridimensional. Diríase que el aire toma relieve, se convierte en un ente visible donde las fragancias imitan formas tan caprichosas como las de las nubes, apariencias que atraen o repelen a las abejas.

La nuestra salió por la puerta del taller vibrante de alegría y acariciada por los rayos de un sol tibio. José Luis Manzanares, su creador, la vio alejarse con lágrimas en los ojos.

Lo primero que visitó fue un tiesto de rosas silvestres en la encrucijada de un camino. Era polvoriento y como había pasado por allí un rebaño de ovejas se había formado una humareda que nublaba ciertamente el horizonte. El insecto mecánico supo levantar el vuelo al instante y evitar así el peligro de sufrir averías.

Atraída por las formas amables de las rosas, posó las patas sobre uno de los pétalos y comprobó que el rocío de la mañana lo había mojado. Así que aprovechó para lavarse y desprenderse de las partículas de polvo que se habían adherido a su abdomen.

Después comenzó a visitar la zona de los estambres sin absorber el preciado néctar, pues no le hacía falta, ya que no tenía previsto fabricar miel ni servir a los intereses de alguna colmena. Y de este modo se impregnó del polen de todas las rosas que fue tocando, que no fueron pocas porque en aquel sitio había gran cantidad. Luego el chip que tenía alojado en la rubia cabeza le ordenó cambiar de aires. La abeja agitó las alas artificiales y desapareció de allí.

Al poco de hacer vibrar la atmósfera diáfana con su continuo zumbido, aterrizó en un prado de margaritas mezcladas con amapolas y otras flores tan ligeras que semejaban gotas de luz desprendidas del último arcoiris.