Cuando empezaron a oírse voces de alarma a propósito del futuro incierto del planeta (allá por los años 70), los medios lanzaron una serie de argumentos que luego los hechos no han confirmado. Dijeron que la especie humana no tenía capacidad para realizar profundas transformaciones en el clima; las personas somos como hormigas moviéndonos por una esfera inmensa, y afirmar lo contrario era para ellos una clara señal de soberbia.

Pues bien, los hechos han demostrado que el hombre sí que puede realizar profundas transformaciones en el suelo y en la atmósfera terrestres.

Un ejemplo de ello lo da el episodio de la capa de ozono. A fines de los 80 se hizo público el agujero que se había formado a la altura de la Antártida, y se hicieron también públicas las tremendas repercusiones que esto acarreaba. La reacción de los gobiernos fue inmediata y eficaz: prohibieron el comercio de los agentes causantes de la desaparición de la capa de ozono, los famosos CFC (acuerdo de Montreal de 1987).

La amenaza había sido tomada en serio. Los dirigentes reconocieron de forma implícita que el ser humano sí que puede incidir gravemente en el devenir de la vida planetaria, y se atajó el riesgo prohibiendo pura y simplemente la difusión de estos agentes nocivos.

¿Se atreven a calificar ahora de soberbios a quienes pusieron de manifiesto el poder «real» de destrucción de los hombres? ¿No son acaso más soberbios aquellos que asolan el medio ambiente y afirman a continuación que ellos «son como hormigas que no pueden afectar a la vida del planeta en su conjunto»?

El suceso del agujero de ozono demuestra dos puntos: 1) la raza humana posee capacidad para intervenir en el equilibrio de los ecosistemas; 2) si hubiera verdadera voluntad de poner remedio, podríamos y sabríamos encontrar la solución.

Ahora la amenaza procede de la emisión de gases con efecto invernadero (CO2), los cuales modifican el clima con una elevación global de las temperaturas, el deshielo de los polos, la subida del nivel de los océanos y el avance imparable de las sequías.

¿Por qué no se actúa entonces con la misma contundencia que con el episodio de la capa de ozono? ¿Por qué no se prohíbe la emisión de los gases calentadores de la atmósfera?

La razón es bien simple y es una razón puramente económica: las emisiones de CO2 proceden en un 70% de los transportes. El tráfico rodado representa el motor principal de la economía de los países ricos (los estados obtienen ingresos fenomenales a cuenta de los automóviles). Ya no les es posible renunciar a ellos. Las administraciones están atrapadas en la espiral del dinero. Si dejan de recaudar tanto en concepto de tal o cual tasa, ¿cómo iban a hacer frente a los gastos municipales? Esto explica por qué no se hace nada para combatir el cambio climático, por qué seguimos después de tantas décadas de contaminación atmosférica con los brazos cruzados.

Ahora bien, hay factores que no dependen de nosotros. El planeta no puede esperar a que solucionemos los desajustes de índole económica o los fallos del sistema. ¡Hay riesgos que exigen una intervención inmediata! Es como si encontráramos a alguien que se ahoga en medio del río y en vez de lanzarnos a socorrerlo mirásemos hacia otro lado o nos dedicásemos a aplaudir pensando que ese pobre hombre terminará, en efecto, ahogándose. Solo que en este caso es la humanidad al completo la que acabará asfixiada por la acción apabullante de los gases que alteran el equilibrio del planeta.