2 Noviembre 2009
[34] A pesar de la contrariedad que las revelaciones del ermitaño aportaban en la vida de Andrea, salieron ella y su compañera contentas de la gruta, felices al considerar que disponían de una jornada completa, donde el sol acabaría encaramándose a lo más alto, dejando caer sobre la faz de la tierra sus fervientes rayos, sus ardientes brazos de rey que gobierna en el firmamento con la leve oposición de las nubes, las cuales sólo aciertan a tapar su poderío de tarde en tarde. Ninguna nube asomaba por el horizonte; daba igual que mirasen hacia oriente u occidente: el cielo aparecía de un azul blanco, límpido.
Se habían despedido de don Augusto Montes, no sin agradecerle las hermosas palabras que el caso de Andrea había suscitado en la imaginación del viejo ermitaño. Para ellas, ese adelantarse al futuro, ese predecir lo que iba a pasar con serena resignación no tenía precio: justificaba con mucho la escalada a la cueva, donde finalmente tuvieron que reconocer que en contra de las apariencias el ermitaño no estaba solo en el mundo, sino rodeado por todos los seres de la Creación, que eran infinitos, puesto que había aprendido a comunicar con ellos por extrañas formas que ningún otro ser humano había logrado dominar.
—¿Qué te ha parecido la opinión del sabio? —le preguntó Isabel en cuanto terminaron de bajar la pendiente, la cual ofrecía más dificultades que en la subida. El ave blanca había retomado el vuelo tras dejarse acariciar y mimar por Isabel, quien le hablaba al oído y velaba por ella como si fuera la niña de sus ojos. No en vano, la hija del apicultor la había criado desde que era un polluelo recién salido del cascarón; hacía de esto unos siete años.
—Me ha parecido increíble —contestó Andrea—; yo no sé hasta qué punto debo dar crédito a lo que he oído en la cueva de don Augusto; pero lo cierto es que esta visita me ha dejado una sensación de dulce armonía (y diciendo esto, acudieron algunas lágrimas a sus ojos), una sensación de bienestar que mitiga el saber de buenas a primeras que nunca podré quedarme a vivir en esta ciudad encantadora. ¡Y eso qué importa! Viajaré con la imaginación, convertida en Romeo, hasta donde tú estés, hasta estos campos de Guadalajara, hasta el piso de mi padre: desde la distancia, guardaré el contacto con vosotros.
Isabel había notado por el timbre de la voz la emoción que embargaba a su amiga; quiso alegrarle aún más el día...
—Vamos a comprobar ahora mismo si es verdad eso que ha dicho don Augusto: vamos a fijarnos en algún pájaro que pase sobre nuestras cabezas y, en vez de contemplarlo con ojos envidiosos, «seremos» ese pájaro que vuela, el ave que se aleja sólo Dios sabe dónde.
Las dos amigas detuvieron el paso; cesó de oírse el vaivén de las mochilas a sus espaldas; alzaron las frentes, recibiendo así sobre sus rostros el tibio calor de la mañana. Buscaban la presencia de una V mágica en el cielo. Una V que se agitara y temblara como una menuda barca visible apenas entre las olas.
Y cuando hubieron avistado una V pequeñita, se lanzaron cogidas de la mano en frenética carrera a través de los campos de cereales, las rayas de los sembrados bajo sus pies. Pero no era el suelo lo que ellas pisaban, el duro terreno con sus piedras, baches y trampas, sino el aire transparente, suave y ligero como un soplo. Lo habían conseguido: se habían puesto a volar. Hasta que una piedra en el camino las devolvió al suelo con todo el estrépito de una caída. ¡Qué risa les entró cuando se vieron tumbadas en medio del campo de cereales, de cara al infinito azul!

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1 Noviembre 2009
[33] Esta última declaración de don Augusto Montes no sorprendió ni poco ni mucho a la buena de Andrea, quien ya se figuraba cuál sería el colofón a las palabras del sabio. ¿Quién sino ella para prever la reacción de su madre al enterarse de sus propósitos de abandonar el nido que la viera nacer y crecer? La joven suspiró amargamente, como si la montaña sobre la que reposaban sus pies se viniera abajo. ¿Qué otra cosa podía hacer en aquellos momentos de desamparo? Isabel la consoló con la mirada; tampoco ella disponía del remedio eficaz, la panacea frente a los tejemanejes de propios y extraños. Volvió el viejo a dar mil pasos dentro de la guarida; parecía un oso enjaulado, mascullando una solución que intuía fuera de su alcance. La luz, fortalecida por una mañana vigorosa y espléndida, se extendía por la campiña, tal un manto majestuoso de temblorosa nieve; se había colado por las rendijas y claraboyas, dando a la estancia un aspecto sombrío de catedral, en cuyos rincones chisporrotean los mil y un cirios encendidos con motivo de la devoción a María.
El viejo ermitaño detuvo sus pasos y, alzando la frente para contemplar a las chicas, retomó el hilo de su discurso:
—Es cierto que tendrás que regresar a tu barrio de El Bercial más pronto que tarde, donde reharás tu vida: un nuevo curso escolar te espera a la vuelta de la esquina, en cuanto asome su rostro cariacontecido ese otoño de tan mal genio como peor talante. Tu madre irá a lo suyo; tú irás a lo tuyo; y aquí paz y luego gloria. Lo que me falta por decirte es que lo conseguirás, conseguirás adquirir un buen pulso en el manejo de la pluma, de tu puño y letra saldrán espléndidas páginas, memorables relatos, interesantísimas narraciones, que te darán fama y gloria dentro de muy poco. No olvides lo que te he dicho antes a propósito de El Persiles, la magna obra de Cervantes. En lo que atañe a la práctica diaria de la escritura, ten cuidado con los adjetivos, son necesarios pero peligrosos: si no pintan nada, o pintan más bien poco, no dudes en borrarlos de un plumazo. En cuanto a los sustantivos, dales todo su valor: son ellos los creadores de tu ideario artístico, con los cuales levantarás el universo de ficción que te bulle en la cabeza. ¿Qué decir, por último, de los verbos? Sin ellos no hay acción, no hay movimiento. Pero debes aprender a matizar y escalonar su uso, creando una perspectiva donde quepan el pasado, el presente y el futuro. Y no abuses, no te conviertas en una fiel servidora del gerundio, que actúa como un atajo para llegar más pronto a la idea, pero a veces es mejor recorrer el camino oficial, con todo lo largo y tedioso que pueda resultar al principio. Hasta aquí mis consejos para que llegues a ser una gran escritora (aquí, una pausa de algunos minutos, en la que suenan el canto de los pájaros y el batir de alas de los insectos «de oro»). Todo esto que te acabo de decir concierne a la técnica. Pero no olvides una verdad esencial: la «forma» ha de ser completada con un «contenido» que merezca la pena; para que este contenido valga la pena, has de darle un impulso vital, un aliento, un sincero latir humano, ese circular la sangre por todos y cada uno de tus párrafos, de manera que lo que escribas esté impregnado de verdad, de honda y cálida emoción. Sin esto, podrás manejar la técnica a las mil maravillas, no importa, todo cuanto escribas no valdrá lo que un bostezo. Existen muchas maneras de lograrlo (no olvides que cada maestro tiene su librillo). A mí se me ocurre una que te puede ser útil: intenta meterte en la piel del otro, como antes has hecho con tu madre. Cuando veas una golondrina, no la mires: viaja con ella, mueve las alas con ella, «sé» ella misma. Cuando descubras en lo alto de una tapia el gato del vecino, no observes cómo enrosca la cola y se sienta sobre sus patas traseras: respira con él, mira a través de sus ojos felinos, «sé» el gato que estás observando. Este ejercicio te permitirá viajar por el tiempo y el espacio, transformada en todos los personajes que desees (aquí el anciano asceta cerró los ojos, concentrado en sus propias sensaciones). Ahora soy —susurró de pronto— un ave blanca que agita majestuosa las alas, siento cómo se desliza el aire a través de mi cuerpo
suave y ligero como un suspiro, las corrientes invisibles me llevan, me orientan, me guían por ese mapa del cielo, donde siempre encuentro mi camino... Ya llego, ya estoy llegando a donde vosotras...
No hubo acabado la frase, cuando oyeron el grito de una lechuza. «¡Romeo!», exclamó Isabel antes de salir afuera a recibir el ave que era su mascota, su compañero de aventuras en medio de la campiña guadalajareña. La blanca rapaz llegó a tiempo para posarse dulce, majestuosamente, en uno de los hombros de su ama.
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31 Octubre 2009

[32] Por fin se cansó de sus correrías mentales el venerable Augusto Montes, y, levantando la mirada, cesó de recorrer el espacio de la cueva:
―¿Por qué deseas ahora vivir aquí, dejando de lado tu casa de siempre? ―le preguntó a Andrea con voz impaciente.
―Pues, porque prefiero la tranquilidad de una ciudad como Guadalajara, que es pequeñita, todo el mundo se conoce en ella: esto a mí no me molesta. En mi barrio de El Bercial también todo el mundo se conoce; pero no del mismo modo. Allí la gente se dedica a tomar el autobús por las mañanas para regresar por las tardes, cansada y sudorosa, después de una jornada interminable de trabajo. Y así, día tras día, semana tras semana, el eterno deambular en una «caja de grillos», como yo llamo a la capital de España. Porque Madrid, más que una ciudad ruidosa, es una ciudad histérica, gritona, crispada hasta la médula, como si a sus habitantes los pincharan con un alfiler desde que se levantan hasta que se acuestan. A mí ese tipo de frenesí no me va; yo soy como mi padre, que adora el reposo, el silencio de los campos, el mugir de las vacas y el cantar esplendoroso de los gallos al amanecer.
Al oír estas felices evocaciones, el viejo reía para su barba, como celebrando un chiste original.
―Continúa, continúa... ―señaló, malicioso―. Ya decía yo que tu prosa es excelente. Cuando plasmes estas ideas y otras, mejores aún, en tus novelas, ¡qué orgulloso se sentirá tu padre y todos cuantos te conocen! Ja, ja, ja...
Andrea no supo qué pensar; dudaba si el sabio se burlaba de ella o si, por el contrario, estaba anticipándose al mañana, del mismo modo que la venida de una cigüeña anuncia el estío.
Mientras tanto Isabel miraba a la una y al otro, curiosa por conocer los derroteros que tomaría tan singular conversación.
―Para concluir ―dijo suspirando Andrea―, ya no quiero seguir en el piso de mi madre, porque me agobia un día sí y el otro también; quiero llevar mis bártulos a casa de mi padre, el señor Ignacio, que tiene un pisito muy majo y muy coqueto en el centro mismo de Guadalajara.
―Ja, ja, ja... ―reía con sonoras carcajadas el ermitaño, moviendo todos y cada uno de los músculos de su austera fisonomía. Cuando hubo acabado de reír, dijo con lágrimas de felicidad en los ojos:― Bien, bien... Supongo que tu padre, que es la persona que va a acogerte en su casa, estará de acuerdo con este plan (mohín serio de la chica). Pero... Me queda por conocer el carácter de esa señora de Madrid. A ver, Andrea, imita sus gestos, su manera de hablar, su voz... Con esto, me haré una idea precisa de quién es y te daré mi opinión acerca de lo que tienes que hacer para residir todo el tiempo en Guadalajara.
Andrea dudaba... ¿Imitar a su madre?... Nunca lo había hecho; menos aún, delante de dos personas ajenas a su familia. Isabel le dio un achuchón con el brazo para terminar de motivarla.
Entonces, sin comerlo ni beberlo, la de Madrid se lanzó al ruedo: clavó los ojos en el duro techo de la gruta, arrugó el entrecejo, crispó las manos como para estrujar un paño húmedo, imitó los pasos de alguien que se figura dirigir una tropa con una vara de nogal en la mano:
―¡¡Chiquilla!! Deja tus libros para otro momento, qué asco de nena, siempre leyendo. Me duele la cabeza sólo de verte, leyendo, leyendo, leyendo... ¿Cuándo te vas a ocupar de tu madre, que viene cansada del trabajo, agotada, peor aún, extenuada? Anda, anda, deja esos pesados libros y corre a la farmacia a por una caja de aspirinas; a ver si con esa medicina se me pasa esta horrible jaqueca que me aqueja (aquí Andrea daba a la sílaba «ja» un acento de anciana histriónica; después se tiró al suelo y, llevándose una mano a la frente como para palparse la fiebre, continuó la pantomima): ¡Ay, ay, Andreíta, qué malita estoy, y qué poco me quejo, y qué poco te ocupas de mí, que soy tu mamaíta, y tú solo piensas en tus libros, en tus librotes del diablo! ¡A la hoguera con ellos! Anda, anda... Corre a por las aspirinas, como te dije antes.
A estas alturas de la representación, Isabel se tronchaba de risa, le dolían la mandíbula y los riñones de tanto reír; lo mismo le pasaba al amo del lugar, el ceremonioso asceta, que tratando de mantenerse serio reía ―sin embargo― como un pícaro, a mandíbula batiente.
Por fin declaró, tal una sentencia inapelable:
―Hummm... Ya decía yo que esto me olía a chamusquina. Nada que hacer, Andrea mía. Nunca le arrancarás a esa madre gruñona un: «sí, acepto que te vayas a vivir una temporada con tu padre.» Esa mujer te quiere a su lado a todas horas; te has convertido para ella en el bastón insustituible de su proceloso vivir.
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30 Octubre 2009
[31] Andrea se hallaba en medio de un espacio de paredes curvadas, blanquecidas con cal de arriba abajo, un techo igualmente blanco, igualmente curvo, como si imitara la panza de algún gigante, con claraboyas por donde pasaba la luz tenue del día. El suelo era de cemento, de un gris manchado por zonas de liquen y humedad; aunque en general se respiraba un ambiente sano, bien aireado. No había puertas, sino agujeros en las paredes que permitían el paso a otras cavidades igual de ventrudas, igual de encaladas hasta la base. Los muebles eran escasísimos, todos de madera, funcionales: una mesa, dos sillas, una cómoda pegada a un rincón, como una vieja que suspirase frente al fuego del hogar.
Don Augusto Montes era un viejo parlanchín que sonreía con los ojos, muy expresivos al hablar: el rostro reflejaba con tanta fidelidad su pensamiento que muchas veces se convertía en un anticipo de lo que iba a decir; cuando se ensombrecía, adivinaba Andrea que la noticia sería quejumbrosa, lamentable a los oídos; cuando, por el contrario, se iluminaba como una chispa o fuego de artificio, ya sabía Andrea que la frase sonaría tal una cascada saludando el paisaje con su alegre jolgorio acuático. Por toda vestimenta, el ermitaño usaba un pantalón de saco y una ancha camisa de hilo naranja, semejante a las alas de una mariposa al través de los rayos del sol.
―Te preguntarás cómo he podido arrancarle a la roca este hogar sobre cuyo suelo de cemento andas, con esos lindos pies que la naturaleza te ha dado. Este promontorio tenía una oquedad no más ancha que un mísero refugio frente a la lluvia. Le pregunté a la montaña: «¿Me dejas construir aquí mi casa?» Me contestó: «Sí; a condición de que no perturbes mis entrañas.» ¡Curiosa respuesta de la parte de una señora que lleva dormitando sobre la Tierra más de un millón de años! Cogí el pico y me puse a dar golpes en el interior de la cueva. Antes de practicar las hendiduras, le preguntaba a la pared: «¿Me permites cavar por aquí?» Y la pared contestaba: «Por aquí puedes; pero anda con ojo, no vaya a ser que...» O bien me respondía esto otro: «Por aquí no puedes; has dado con una veta esencial para la vetusta dama; pincha un poco más allá.» Y yo, obediente, me ponía a picar por donde la montaña me aconsejaba. Y así ha sido como he llegado a construir una cueva sólida, tan firme y robusta como un templo; cuando llueve no me salpica la lluvia; cuando afuera hace calor respiro aire fresco; cuando la escarcha señorea en los campos, yo me paseo a mis anchas por mi casa, que goza de un eterno verano. ¡Qué feliz soy en esta cueva! Hummm... Te escucho, ¿cuál es tu problema?
Andrea estaba boquiabierta: toda esta parrafada para que al final el viejo posara sobre ella sus graves ojos grises y le endosara aquella pregunta insulsa, como si tal cosa.
―Pues...
Isabel se le adelantó:
―Señor Augusto, pasa que mi amiga Andrea quiere quedarse a vivir en Guadalajara; pero no cree que su madre ―la cual vive en Madrid― lo consienta.
El viejo montañés examinó con extremado rigor, el rigor de un asceta, a la joven que planeaba cambiar de domicilio. Sus ojos brillaban como luciérnagas bajo la bóveda de la blanca cavidad rocosa. Un silencio, como dejándose oír el lento respirar de la montaña, se apoderó de la pieza. Andrea supo al instante que su pasado, su presente y su futuro acababan de ser descifrados por el hombre de las cuevas: poseía la facultad de leer en las conciencias.
―Querida Andrea ―comenzó diciendo el asceta―, tu aspecto físico revela quién eres, cómo ha sido tu vida, qué te atormenta ahora, y cuáles serán tus pasos en un mañana inmediato. No hay sino abrir bien los ojos para descubrir el secreto de tu persona. A ver, esas manos... (tomándoselas, las acariciaba con sus dedos arrugados). Ya sé; has vivido mucho tiempo encerrada (¡esto es un maleficio que afecta a la mayoría de los jóvenes!) entre cuatro paredes. Tus manos son suaves, lisas, acostumbradas a pasar las páginas de los libros y a tomar el bolígrafo para emborronar hojas y hojas de una blancura inmaculada. ¡Qué buena estudiante has sido! A ver, esa cara... (se fijó en el rostro pálido, tembloroso, de Andrea). Hummm... Eres una chica inteligente, muy inteligente para tu edad; el majestuoso brillo de tus pupilas te delata, qué duda cabe; habituada a no dar problemas a nadie, siempre arreglando las vidas ajenas; esa madre de que hablabais estará orgullosa de su hija: dócil, callada... Hummm... Todo esto me huele a chamusquina.
El viejo se puso a dar mil pasos, con la mirada perdida en el suelo, dentro de su gruta, como si notara bajo sus pies el correr de un riachuelo que estuviera a punto de surgir en la superficie.
―Bien ―continuó diciendo―, ya lo he adivinado: eres una escritora, o a lo menos pretendes serlo (asombro por parte de las dos amigas). Estupendo. Nada que decir al respecto. Voy a darte algunos consejos para el mañana, pues sé que alcanzarás las cumbres de las letras. Tienes madera de sobra para escribir los mil y un mejores relatos que jamás haya dado a conocer la imprenta nacional. Bien, escucha esto: Cervantes fue quien estableció con El Quijote un modelo, un tipo de literatura que otros muchos han seguido y copiado después, tal un venero de luz y de inteligencia nunca agotado; pero aquél no era el único modelo posible. Él mismo había escrito, poco antes de morir, El Persiles. Esta obra representa un filón para la prosa de los siglos venideros, la fuente de inspiración de donde sacarán provecho los escritores del mañana. Si El Quijote ha permitido que existan las novelas de hoy, El Persiles dará las claves para ensayar otra forma de novelar a las próximas generaciones de escritores.
Y diciendo esto extrajo de un estante adosado a la pared un tomo de duras tapas marrones, comidas por los bordes; el cual llevó a los labios con devoción: se trataba de Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, la genial obra del celebradísimo autor del Siglo de Oro, don Miguel de Cervantes y Saavedra. Por último, aclaró que: «En este libro aparecen dos ermitaños en sendos capítulos; el uno habita una isla desierta, el otro una antigua ermita; pues bien, yo soy el heredero de estos héroes de ficción; yo poseo las llaves de su ancestral sabiduría; en mí reposa el espíritu de tales caballeros memorables.»
Tras lo cual retomó los mil pasos dentro de la cueva, iluminada con las claraboyas del techo. Isabel y Andrea aprovecharon esta pausa para lanzarse una breve ojeada; ambas parecían intrigadas con las palabras del anciano, que sonaban gastadas y rocosas allí dentro, si bien mantenían la solidez de la verdad imperecedera.
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29 Octubre 2009
[30] Allí el terreno era un poco escarpado, se hacía preciso ayudarse de pies y manos para llegar a las inmediaciones de la cueva, cuya entrada estaba velada por una cortina de cuentas rojas de madera, tan llamativa que parecía un semáforo gritando «¡stop!» a todos los andarines del lugar, ya que aquel montículo prometía un interesante panorama, la visión de conjunto de la campiña guadalajareña, tan regular, tan previsible, con sus sembrados monótonos, las manchas rojizas o verdosas (según la estación) que constituían los grupos de árboles enclenques: pinos, álamos, chopos o encinas, la vegetación exuberante brillaba por su ausencia, aquéllos eran los dominios de la tierra dura, lisa, exhausta y sedienta tras largos meses de sequía, que azotaba la región década tras década como un castigo divino.
Andrea seguía los pasos de Isabel, notaba bajo sus pies cómo temblaba la tierra, cómo resbalaba la gruesa arena arcillosa, algunas piedrecitas rodaban también por la pendiente en tanto que ellas continuaban, sudorosas, la escalada, sin preocuparse de mirar hacia abajo. En la cumbre les esperaba la cortina roja que daba entrada a la cueva, como una bandera que recibiera a sus acólitos con gran aplauso. ¡Qué poderío había en aquel silencio que custodiaba el paisaje como si estuvieran profanando un lugar sagrado! ¡Qué heroico y valiente esfuerzo el de las chicas al asomarse a lo incógnito del saber que siempre representa un ermitaño, tan apartado del vivir diario que daba no sé qué ofrecerle siquiera la mano de bienvenida!
―¡Don Augusto! ¡Don Augusto! ―se puso a gritar Isabel, sin dejar de mover por eso pies y manos a fin de concluir la escalada.
―¿Qué hay?... ―se oyó al otro lado de las cuentas rojas, tal el rugido de un oso a quien se le interrumpe su largo sueño de invierno.
―¡Soy yo, Isabel! No vengo sola: conmigo está Andrea, una chica de Madrid que desea quedarse a vivir con nosotros, en Guadalajara, pero teme la negativa de su madre, quien no dará fácilmente su brazo a torcer.
A Andrea le causó vergüenza el hecho de que su amiga proclamara a los cuatro vientos su triste caso; se sentía incómoda por que la campiña, las aves, los insectos, las piedras y la vegetación se enterasen de su problemilla, pues en aquellas soledades debía de sonar tan ridículo que ya le parecía oír las risas esparcidas por el viento de todos los seres que la rodeaban.
―Hummm... Eso me huele a chamusquina ―exclamó el viejo, pues, en efecto, cuando asomó por los pliegues de la cortina su cabeza calva, huesuda, de ojos grises como los de su padre, pero más grandes y lacrimosos, Andrea cayó en la cuenta de que iba a vérselas con un hombre de unos setenta años, de estatura mediana.
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28 Octubre 2009

[29] Salieron las dos amigas una mañana temprano con la mochila a la espalda, pantalones cortos, zapatillas cómodas para andar caminos de tierra y escalar paredes naturales, camiseta de algodón de vivos colores, gorra blanca de nailon, de las que usan los ciclistas en una carrera por etapas, y, dándose ánimos la una a la otra, dejaron atrás la ciudad, que quedó envuelta en una bruma mañanera, cuando los gallos apenas rompen el aire con sus notas agudas y el astro ―tímido de más― tarda en asomar su brillante esfera sobre la curvada línea de Oriente. Sonaba por todas partes el canto eufórico de los pájaros, en tanto que apenas se dejaban sentir las primeras vibraciones de los insectos metálicos, semejantes a los violinistas de una gran orquesta, que esperan impasibles el momento de sumar sus crispadas notas a la música global, celeste, tan invisible como el revoloteo de un ángel.
Isabel estaba contenta: había encontrado una nueva excusa para saltar de la ciudad al campo, dejando atrás un tráfico que en aquella época no cesaba de multiplicarse (como en el milagro de los panes), de invadir unas calles otrora silenciosas, sólo perturbadas por el escándalo de los vecinos: ya los coches ocupaban como una mancha de aceite la casi totalidad del área urbana, provocando el asombro y regocijo de los más, la inquietud y la zozobra de los menos.
―Augusto Montes ―explicaba Isabel― no vive lejos de la granja de mi padre; su cueva se sitúa detrás de los árboles del cementerio, en un terreno áspero, pedregoso, lleno de malezas, que dibuja una suave pendiente. Allí descubrieron no hace mucho unos fósiles que algunos paleontólogos han relacionado con la época de los dinosaurios. El bueno de Augusto tuvo entonces visita para rato; acabó recibiendo a pedradas a los que consultaban su parecer sobre los fósiles descubiertos junto a la cueva donde él habita, porque estaba harto ―me confesó una vez― de la gente chismosa.
―Si, como dices, se trata de un señor hosco, solitario, ¿por qué me conduces hasta él? ¿Qué le importarán a este ermitaño apartado del mundo los problemas de una colegiala como yo?
Isabel detuvo la marcha, escandalizada con lo que acababa de oír.
―¡Cómo se nota que no lo conoces! ―protestó con voz quejumbrosa―. Augusto es un filósofo, un ser de otro mundo o, por lo menos, de otra época; nada más distante de las personas vulgares y corrientes con las que nos topamos cada día. Don Augusto es por sí mismo un don; nadie que lo haya tratado le pondrá esa etiqueta por capricho o conveniencias sociales, sino porque él solo se la ha ganado a pulso. ¡Qué espíritu tan generoso! ¡Qué elocuencia en sus palabras! ¡Qué sabiduría infinita, capaz de desenterrar los misterios más recónditos del azaroso pensar humano! Querida Andrea, si te llevo hasta él no es por capricho mío, sino porque estoy segura de que te dará la solución al problema con el que te debates a la desesperada, como pez fuera del agua. Augusto Montes te dirá cómo tienes que proceder para vencer la oposición de tu madre.
Y con estas palabras, ambas se serenaron, como si toda duda se hubiera disipado en una atmósfera cada vez más diáfana, conforme el sol se elevaba por encima de las difuminadas colinas del Levante.
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27 Octubre 2009
[28] A Andrea le agobiaba la idea de vérselas con su madre cuando le anunciase por teléfono su plan de vivir en Guadalajara. Doña Rosario era una mujer de hábitos fijos, inamovibles, tan encaprichada con las personas como con los muebles que decoraban su piso de El Bercial: quería verlos siempre en el mismo sitio; su sola presencia la reconfortaba a ella, que adolecía de falta de confianza desde su más tierna infancia. Le bastaba con tener la certeza de que al abrir la puerta encontraría la cocina en su sitio, el salón en el suyo (sin que el ficus puesto en un rincón se hubiera movido un ápice), y a Andrea también allí, sentada frente al televisor o enfrascada en una lectura dentro de su cuarto. Que alterasen este decorado lo más mínimo representaba para ella una tragedia de enormes proporciones, un desastre que amenazaba con romper los cimientos de su vida, el orden que ella se había fijado a lo largo de los años.
En este orden doméstico no podía faltar su adorada Andrea, su hija del alma, de quien tan orgullosa y ufana se sentía, pues año tras año sacaba excelentes calificaciones, se llevaba por delante las asignaturas que tantos quebraderos de cabeza provocaban en los demás alumnos, ninguno de ellos tan aventajado como su chiquilla, la dulce y aplicada Andrea, si hasta los maestros le auguraban una fulgurante carrera como escritora.
¿Cómo iba a convencer a esta mujer de que valía la pena alejarse de ella para pasar un año junto a su padre? Terrible dilema. En su fuero interno, la intrépida joven no hallaba las palabras con que hacer frente a la más que probable oposición materna.
Los días pasaban, monótonos. Don Ignacio aguardaba mudo e impaciente el desenlace. No obstante, había tomado la resolución de no dar prisas a su hija, confiado en que el tiempo jugaba a su favor, persuadido también de que Andrea no daría con el modo de salvar el difícil obstáculo que representaba doña Rosario.
Así pues, don Ignacio supuso que después de tan agitado período las aguas volverían solas a su cauce: no había más que esperar el oportuno grito de su ex mujer (por una vez, convertida en su aliada) para que a la niña se le bajaran los humos.
Andrea, por su parte, se figuraba lo que iba a suceder una vez su madre estuviese al corriente de la noticia: Gritos... Sollozos... Lamentos... Ese negarse a entrar en razones, desoyendo cualquier propuesta que contradijera las preferencias de una madre egoísta.
¿Cómo iba a resolver este grave obstáculo a su deseo de abandonar Madrid por una temporada?
Acudió Andrea, con su angustia, a consultar el parecer de Isabel. Tal vez su amiga vislumbrara una solución ante el jaleo que ya se preparaba en casa de los Ibáñez. La hija del apicultor escuchó en silencio el asunto que tanto preocupaba a la madrileña. Tras lo cual, le propuso (con sonrisa entre inocente y pícara) que fueran a reflexionar sobre el caso con un amigo suyo, don Augusto Montes, un ermitaño que vivía dentro de una cueva, a las afueras de Guadalajara.
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26 Octubre 2009

[27] Pasaron algunos días. Antes de que Ignacio tuviera confirmación de que Andrea se quedaba o no se quedaba a vivir en su casa, recibió una invitación formal de la parte de Josefina, la cual deseaba que su «mejor» amigo en el Ateneo acudiese «un día de estos» a su casa, donde sería obsequiado con una taza de café, unos pastelitos de hechura casera, servidos en bandeja de plata, y una conversación amena, inteligente, gracias a la cual pasarían ―aseguró la dama― una tarde inolvidable.
Lo primero que pensó don Ignacio, colgado del auricular como estaba, fue: «A Josefina le ha cambiado el tono de la voz; se ha vuelto meloso, afable, ¿qué estará tramando?»
Acto seguido, se dijo que sus pronósticos se habían confirmado: las mujeres siempre dicen «no» al principio; y luego, ¡vaya usted a saber por qué!, cambian de parecer, acceden a comulgar con ruedas de molino.
¡Cuán acertado estaba él y qué equivocada su hija en la discusión que tuvieron a propósito de la carta que doña Josefina le había enviado a él, su galán y, de pronto, feliz pretendiente! Con una sonrisa donde apenas cabía su regocijo, aplaudió la propuesta de Josefina; dijo que sí con voz vibrante de entusiasmo; se apresuró en fijar una fecha para tan señalado reencuentro.
Doña Josefina, acostumbrada a tomarse las cosas con calma, aventuró una fecha algo lejana: el domingo siguiente, a eso de las cinco de la tarde, lo esperaba en su casa sita en la calle de... Ignacio contó mentalmente los días que faltaban: ¡todavía le quedaban cuatro jornadas de soltero empedernido! Y después de la visita... ¡sólo el Señor sabía lo que iba a ocurrir!
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